martes, 27 de noviembre de 2012

Te sientes perdida, caminando en un mundo monótono rodeada de gente que te resulta indiferente. 
Te sientes sola, porque aunque haya gente que te quiere, sigues sin encontrar a nadie que te entienda.
Te sientes vacía. Sabes que algo te falta, aunque sigues sin saber el qué.

Tus días son grises, a juego con tu corazón. La esperanza se torna sombría; no crees que nada vaya a cambiar. Sigues tu rutina día a día, acostumbrada. Ríes sin ganas, hablas sin saber y miras sin mirar. 
Pero entonces, cuando menos te lo esperas, cuando crees que todo va en sentido equivocado...

Sucede.

Y sonríes como una tonta y no sabes por qué. Bueno, claro que lo sabes. Tan solo su recuerdo te hace cosquillas en el estómago y te pasas el día pensando en él. Quieres ser el objetivo de sus indirectas, eso lo tienes claro. Buscas cualquier mínimo detalle que te haga saber si él piensa del mismo modo en ti que tú en él.

De pronto todas las canciones de amor parecen ir dirigidas a él. Todo cobra sentido para ti. Intentas hacerte notar, que se note tu presencia a sus ojos. Cuando le miras, pruebas a decirle con la mirada lo que con la voz no puedes y acabas quedándote dormida con una sonrisa en los labios; cuando no consigues conciliar el sueño, crees que es insomnio, aunque en realidad es su nombre lo que te mantiene despierta. Cuentas las horas para verle de nuevo, sueles dedicarle canciones sin decírselo.
Y cuando lo tienes delante te falta el aire, el corazón te late tan fuerte que crees que se te va a salir del pecho. Nunca has tenido el corazón tan rojo.
Tal vez no sea el chico perfecto, pero a ti te hace ser mejor persona; es perfecto para ti. ¿Sabes ese nudo en el estómago que sólo se redime con un beso? Pues así, pero todos los días.

Lo único que sabes que, al final del día, es la única persona con la que quieres hablar. Es el único que puede hacerte olvidar todo el estrés y hacerte sentir como si fueseis las dos únicas personas en el mundo. Nunca deja de sorprenderte. 
Cuando quieres darte cuenta te has enamorado. Te has enamorado de su sonrisa, de su voz, de su cuerpo, de sus ojos, de su forma de ser. Le miras, y el universo se torna del color de sus ojos. Sus miradas, las mejores caricias.

Hasta que un día no aguantas más, no lo soportas, lo tienes atravesado en la garganta y tienes que soltarlo.

- Gracias por haber aparecido.
- No, gracias a ti por haberme encontrado.

Y sabes que él lo siente también. Y saltas, gritas, lloras, no hay sentimiento exacto ni palabra exacta para definirlo con claridad. Pero lo siente. Y te hace feliz.



domingo, 4 de noviembre de 2012

El puzzle.

«El amor es como un puzzle: no consigues terminarlo entero de una vez, sino que empiezas por partes, reconociendo las partes más fáciles y dejándolas a un lado, para poder unirlas con el fondo después.
El amor, según mi punto de vista, es como un puzzle, como cuando crees que una pieza encaja a la perfección con otra y fuerzas y fuerzas, queriendo hacerte creer que de verdad es la pieza que ensamblaba. Hasta que un día encuentras otra pieza, y caes en la cuenta de que encaja perfectamente con la anterior: sin forzar, sin intentar presionarla con la suficiente fuerza como para que se mantenga unida. El amor hay que dejar que se instale suavemente, que se acople por si solo; si dos personas no se ajustan, si no se corresponden, entonces es momento de pensar si elegimos bien la pieza a casar o si debemos buscar de nuevo en la caja.»

lunes, 20 de agosto de 2012

Return.

La luz de la mañana intentaba abrirse paso a través de las pequeñas rejillas de la persiana del cuarto. Sus ojos se entreabrieron, despacio, buscando la razón de la interrupción de su sueño. Pestañearon al contacto directo con la luz, mientras que la cabeza empezaba darle vueltas. Intentó incorporarse en la cama, pero lo único que consiguió fue marearse más. A su memoria acudieron retales de recuerdos de la noche anterior, pero estaban tan diluidos en alcohol que no conseguía verlos con claridad.

Se dio la vuelta en la cama, tapándose su cuerpo semidesnudo con la fina sábana de algodón. Creyó que tendría más espacio, por lo que estiró los brazos abarcando todo el colchón. Sin embargo, algo interrumpió su trayectoria. Las yemas de los dedos palparon un torso caliente y desnudo, que se agitaba tranquilamente arriba y abajo. Los ojos se le abrieron repentinamente, asustados, sorprendidos. Levantó la cabeza conteniendo la respiración, hasta que consiguió verle del todo. Dormía plácidamente, los rasgos de su cara estaban relajados y la respiración era constante y tranquila. Ella recorrió su cuerpo con la mirada, y advirtió que estaba totalmente desnudo. Ahogó una exclamación e intentó apartarse de él, tapándose el cuerpo con la fina sábana de algodón. Intentó con todas sus fuerzas recordar lo que había sucedido la noche anterior, pero no era capaz de acordarse de nada. Actuó con rapidez, pero sin hacer el menor ruido. Buscó su ropa y se vistió, siempre con el ojo puesto en él, procurando no despertarle. Tuvo que reconocer que era guapo: la nariz chata, el rostro cuadrado y el pelo negro. Le hubiera gustado ver sus ojos.

Salió de la habitación con pasos seguros y silenciosos, y no aceleró su marcha hasta que no llegó a la calle. Notó el frío del aire afilado como un cuchillo mientras caminaba a lo largo de la calle, dejando atrás la casa del chico desnudo. Mientras se alejaba de aquel lugar se prometió a sí misma que no le volvería a ocurrir jamás. Se abrazó a sí misma, intentando darse calor. Oyó un sonido ahogado dentro de su bolso, por lo que lo abrió y examinó su móvil. El iconito que la avisaba de que tenía un nuevo mensaje de texto parpadeaba en la pantalla. Sonrió y giró sobre sus pasos.

El chico se había despertado.

lunes, 11 de junio de 2012

Requiescat in pace.

Hola a todos de nuevo.
La entrada de hoy no es un texto como los que suelen haber por aquí. Hoy quiero dedicarle una entrada a una maravillosa persona que nos ha dejado hace poco y a la cual no podremos olvidar nunca. 


La vida es cruel y siempre se suelen ir las personas que menos se lo merecen, como es en este caso. Son en este tipo de situaciones en las que te das cuenta de que la vida es sólo un tránsito, un viaje, en el que estamos todos de paso; nadie se queda. El viaje de unos dura más que el de otros, pero eso no evita las lágrimas de la gente que ha querido a esa persona. 


Algunos le conocíamos desde que éramos críos; otros desde que era algo más mayor. Pero todos opinamos lo mismo: era un chico fantástico, alegre y cariñoso, y jamás le hemos visto enfadado o criticando a otras personas. Era una bellísima persona que ha dejado una huella imborrable en todos nosotros. 


No sabemos dónde estás ahora, pero esperamos de todo corazón que lleves esa sonrisa tan alegre en tu rostro, mientras nosotros te llevamos dentro del pecho.


Hasta pronto, Álex.

jueves, 31 de mayo de 2012

Destiny.




No creía en el destino. Era de ese tipo de personas que pensaba que las decisiones no estaban predestinadas, que podía elegir, y por ello siempre se culpaba de las cosas que le sucedían. Las decisiones tomadas eran acertadas o erróneas, pero porque él había acertado o errado. No cabía otra. Se torturaba a sí mismo, consumiéndose poco a poco. Se hacía trizas por dentro, rompiéndose en mil pedazos, hasta que tomaba otra decisión. Entonces su cara cambiaba y se mostraba radiante, creyendo que esta vez todo saldría bien. Pero por más que lo intentaba, no conseguía acertar con su elección. Era constante, no se daba por vencido. Buscaba en caras desconocidas el rostro que le cambiara la vida, a tientas, sin ver. Parecía perdido, anonadado, vacío. Vagaba por cada rincón de su mente, intentando averiguar qué es lo que hacía mal. La soledad era su amiga, su compañera en ese viaje sin rumbo.


Le gustaba sentarse en aquel banco de piedra observando a la gente de su alrededor, imaginando si alguna de esas personas le llevaría a lo que él tanto tiempo llevaba buscando. Suspiró. Fue entonces cuando un leve movimiento a su derecha llamó su atención. Miró de reojo. Una chica de pelo castaño se había sentado al otro lado del banco. Su larga melena le tapaba la cara, pero podía apreciar los finos rasgos de su cara. Se giró del todo, mirándola fijamente. Le pareció increíble, incluso estúpido, pero en ese instante supo que era ella.
Se sobresaltó cuando la chica giró la cabeza hacia él, y se quedó boquiabierto cuando, al verla el rostro, la reconoció. Ella estaba confundida, sorprendida tal vez. Se quedaron así, mirándose. Ella sonrió y se acercó a él.


—Hacía mucho tiempo que no nos veíamos—le dijo.
Él sonrió. Y a partir de entonces, el destino no le pareció tan absurdo.

sábado, 5 de mayo de 2012

Save me.


5 de Mayo de 1996


Salí de casa y el frío de la noche me erizó la piel de los brazos, mientras veía como delante de mí el suspiro que salía de mi boca se materializaba en vapor. Miré hacia ambos lados de la calle antes de cruzar en dirección al coche. Precaución ante todo. Cuando abrí la puerta, un olor a tabaco mezclado con el ambientador barato me golpeó en la cara. Dejé el bolso en el asiento del copiloto mientras me sentaba y acomodaba mis botas nuevas a los pedales del coche. Me mantuve quieta durante unos minutos, mirando al frente, disfrutando del silencio que el interior del monovolumen de mi madre me brindaba. No aguanté demasiado, por lo que me encendí un cigarrillo. El sabor a nicotina me atravesó los pulmones, haciéndome toser de nuevo. Hacía poco tiempo que había empezado a fumar y aún no me había acostumbrado del todo. Con el cigarrillo en los labios, arranqué el frío motor, con varios intentos fallidos. Tampoco se me daba bien conducir. Era una de las cosas apuntadas en mi lista de habilidades inútiles, justo debajo de cocinar.
Varios minutos después, el coche comenzó a vibrar. Una pequeña sonrisa de triunfo se dibujó en mis labios, y tuve que tener cuidado de que no se me cayese el pitillo. Me habían caído varias broncas ya por quemaduras en la tapicería, y no quería que me dejasen sin coche.


Salí de allí lo más rápido que pude, porque ya llegaba tarde. Aunque también había otro motivo que me hacía pisar el acelerador.
Las farolas de la autopista pasaban en fila delante de mi, como si intentasen ganarme en mi solitaria carrera. Tomé el tercer desvío, en dirección al mirador del árbol hueco, donde escondíamos el alcohol en las noches de verano. Ya estaba allí, apoyado contra el tronco, mientras miraba hacia las luces de la ciudad que se extendía bajo sus pies. Apagué los faros, y me quedé dentro del coche, mirándole desde la penumbra. Las luces titilantes le recortaban la silueta. No sabría decir en qué estaba pensando.
Cuando me apeé del coche y cerré la puerta, él no cambió de postura. Me acerqué dando pasos pequeños, sin apartar la mirada de su nuca. Me paré a su lado, contemplando la imagen que tenía debajo de mí: las luces parecían pequeñas bombillas de un circuito de motos en miniatura, como si estuvieran temblando ante nosotros. La vista era inmensa, qué digo, gigantesca, y me hizo sentir especial poder ver todo aquello en aquel momento.


Sabía que él necesitaba hablar conmigo. Lo que no sabía era sobre qué. Entendedme, habíamos hablado un par de veces, y, la verdad, no es que fuera muy agradable. Le miré de reojo. No parecía el chico al que yo estaba acostumbrada a tratar; parecía vulnerable, melancólico. Tenía la mirada fija en el horizonte, apenas pestañeaba.
Nos quedamos así unos minutos, u horas, quién sabe. Perdí la noción del tiempo. El frío de la noche azotaba en la cara y me hacía dudar de la existencia de mi nariz. Arrancaba la hierba que se metía entre mis dedos, con tal mala suerte que con ella, había el pequeño brote de una flor. Lo guardé en mi chaqueta, no me preguntéis por qué. Seguí mirando hacia delante. Su voz me sonó ronca cuando empezó a hablar sin previo aviso.
Había elegido un camino. Tal vez no fuera el correcto, pero en ese instante ya nada importaba. –suspiró–. Decidí ser egoísta, conseguir lo que quería sin importarme el cómo ni la consecuencia final; todo carecía de sentido para mí. No tenía nada que perder. Trataba a los demás como inferiores a mí, como personas cuya existencia era innecesaria. Conseguía a cualquier tía, sin importarme siquiera su nombre. Una copa aquí, un piropo por allá... Cada noche era una diferente; todas dispuestas a acostarse conmigo. Buscaba rellenar un hueco vacío, aún a sabiendas que ninguna de ellas era la correcta. El alcohol y el tabaco era en lo único en lo que confiaba: uno me hacía olvidar y el otro me mataba lentamente. Creo que en el fondo deseaba morir. Me encerré en mí mismo, pidiendo una ayuda silenciosa que trataba de ahogar con vicios.


Se calló y yo traté de asimilar lo que acababa de decir. Sabía que iba de flor en flor, por eso nunca me había interesado. Es verdad; parecía el típico tío superficial que no le importaba nada más que él mismo, pero nunca habría llegado a imaginar que debajo de todo eso existiese un motivo.
En todo el rato que había estado hablando no había dejado de mirar a la ciudad. Mantenía la vista fija, impenetrable. Yo estaba boquiabierta (como para no estarlo, ¿no?). Pero seguía sin saber qué tenía que ver yo en todo esto. Como si me hubiera leído la mente, él sólo me respondió.
Y, entonces, llegaste tú con tu puta sonrisa y tus putas ganas de vivir, e, inconscientemente, me salvaste. Joder, sí, me salvaste. Me diste esperanza, me diste una nueva razón por la que vivir. Llegabas todos los días con esa energía, con tu jodida alegría contagiosa y me hiciste ver el mundo de otra manera. Me di cuenta de qué era lo que faltaba en mi vida, ese hueco a rellenar. –me miró y fue entonces cuando el corazón me dio un vuelco: sus ojos brillaban con tanta intensidad que me daba miedo que fueran a deslumbrarme. Tal vez fuera por el reflejo de las pequeñas luces de la ciudad, aunque no lo creía posible–. Me faltabas tú. Me faltaba alguien valiente que diera estabilidad a mi vida. Pero tenía miedo... Miedo a caer otra vez en mí mismo, de no tener fuerza suficiente; de no ser suficiente para ti.

Me faltaban las palabras. Debería tener una cara de estúpida integral, porque sonrió. Aquello me dejó sin aliento. Era una sonrisa sincera, cálida y totalmente devastadora para mí. Yo no era consciente de lo que estaba ocurriendo dentro de mí. Solo sabía el efecto que sus palabras tenían sobre mi persona. Por eso una ola de sentimientos atropellados se cirnió sobre mi cuando pronunció aquellas palabras:

–Y por eso quiero que estés conmigo. Porque te quiero.


No imaginaba que ella tuviese todo aquello escrito. Había una flor seca pegada en uno de los márgenes. ¿Qué podría hacer una flor allí? Pasé las hojas rápidamente, y pude comprobar que no faltaba ni un solo día escrito desde entonces, y eso que habían pasado 63 años. Me detuve a contemplar la foto de nuestra boda, en la que aparecemos con la nariz llena de tarta. Sonreí. A medida que avanzaba en las hojas, los recuerdos que habíamos forjado juntos se hacían más nítidos en mi mente. No podía evitar ensanchar mi sonrisa cada vez que leía algún pequeño detalle del cual nunca me había percatado, pero que para ella era importante. Llevado por la curiosidad, me dirigí directamente a la última página escrita. Una lágrima nació, liderando todas las que vinieron después, surcando a su paso mis mejillas.


Tenía fecha de hace dos días. La misma fecha que ahora tiene una piedra de mármol.

martes, 17 de abril de 2012

The last flight.

Amaba el contacto del viento en su cara, en cómo se le enredaba el pelo a medida que el aire jugaba con él.  Cerraba los ojos y sentía las caricias que las ráfagas le brindaban, haciéndola sentir libre, elegida, feliz.
Por eso envidiaba tanto a los pájaros; ninguno de ellos pertenecía a ningún lugar. En eso eran como ella. Sin embargo no estaban anclados a un sitio específico, sino que podían volar, batir las alas y escapar de cualquier peligro o situación que amenazara con hundirles la vida. Ella les contemplaba desde su ventana, deseando con todas sus fuerzas ser uno de ellos, y no sentirse sola ni atrapada.


Sin embargo, esta vez era diferente. Se sentía frágil, delicada, ligera como una pluma. Y no tenía miedo. Lo importante es no tener miedo. El miedo te paraliza, te impide actuar, no te deja tomar decisiones importantes, y te hace sentirte estúpida y débil. 


Cerró los ojos y respiró hondo, dispuesta a dar el paso que la llevaría a su ansiada libertad. Por el contrario, en su mente se cruzaron  las imágenes que había intentado olvidar durante estos últimos meses: los mensajes anónimos en su teléfono móvil, las llamadas a altas horas de la madrugada en las que, al otro lado del teléfono, una voz susurraba una y otra vez lo que ella ya sabía, lo que contemplaba delante del espejo cada noche. Las pintadas en las paredes de su edificio que siempre se detenía a contemplar cuando llegaba a casa después de haber pasado una mañana en el infierno. En su cabeza resonaron las risas y las burlas, las mismas que la impedían comer. Volvió a sentir el dolor cuando, con los ojos entreabiertos, se miró los cortes de sus muñecas. Habían sido intentos fallidos de escapar. Sacudió la cabeza. «Esta vez no», se dijo. «Esta vez es diferente».


En ese instante, una bandada de palomas blancas apareció detrás de ella, batiendo sus alas hacia el espléndido cielo azul. Ella sonrió, mientras una osadía la invadía por dentro. Quería unirse a su vuelo, quería poder sentirse excarcelada al fin. 
Aún con la sonrisa en su rostro, extendió los brazos mientras se impulsaba hacia las palomas, hacia su vuelo sencillo y confiado, mientras, bajo ella, se precipitaba el vacío. 




Alzaba así su primer y último vuelo.





miércoles, 28 de marzo de 2012

Empty.


Hacía frío y el día estaba gris. Aun así, la obligó a salir de casa, a pesar de que ella opuso resistencia. Llevaba sin hablar semanas, pero eso no la impidió intentar quedarse donde estaba.
–Oh vamos, no puedes quedarte así todo el día –le dijo él. Ella le miró. Costaba descifrar lo que decían sus ojos. Estaban sin brillo, sin luz. «Podría ser tristeza», pensó. No le extrañaba. Aún estaba reciente.
Antes de salir, él cogió un paraguas. Ella le miró.
–Por si acaso –sonrió él. Su única respuesta fue dirigir su mirada hacia otro lado.
Salieron al exterior. La humedad impregnaba el ambiente y enseguida les caló en los huesos. Ella temblaba. Se agarraba los brazos y estaba ligeramente encogida, para darse calor.
–No he tenido una buena idea, ¿eh? –bromeó él. Sin embargo, ella tenía clavada la vista en el suelo. Él resopló. Ya no sabía qué hacer, no sabía cómo ser de ayuda. Pero de pronto, se le ocurrió. 

–Vamos –la cogió de la mano y ella pegó un pequeño salto. Empezaron a andar rápidamente; él iba delante, tirando de ella. Tenía el paso decidido, y no se paraba a mirar hacia atrás. Cuando llegaron, el portero se alegró de verles.

–Hacía tiempo que no venía por aquí, señorita –la saludó. Les abrió la puerta y se sorprendió de la velocidad a la que pasaron. Por suerte, el ascensor estaba en la planta baja y no tardaron en llegar al último piso. No hizo falta sacarla del ascensor: fue la primera en salir. Daba pequeños pasos, lentos, hacia el interior de la azotea. El viento agitaba su melena castaña y se le enredaba a causa de la humedad. Él estaba justo detrás de ella. Esperó. Quería que fuera sola, que volviera a sentir ese sitio como suyo.

Después de un par de vueltas por la azotea, se sentó en el borde del edificio, con las piernas hacia fuera, como solía hacer. Se quedó allí, mirando hacia el horizonte. Él se acercó y apoyó las manos en el poyete, dirigiendo la vista en el mismo sentido en el que lo hacía ella. Se quedaron así, perdiendo la noción del tiempo. De vez en cuando, él la miraba de soslayo, pero ella seguía mirando al frente, sin apenas pestañear. Él se dio la vuelta, y apoyó las manos en el borde del poyete. Miraba en dirección contraria a la de ella. Estaba cansado, y se le notaba. Sacó el paquete de tabaco e intentó encender un cigarrillo. El viento comenzó a soplar más fuerte, por lo que la chaqueta le ondeaba hacia delante, al igual que el pelo y eso le dificultaba la vista cuando intentaba mirarla.

–Odio esta sensación.

Se sobresaltó y se le cayó el cigarrillo de las manos. La miró sorprendido. Ya no recordaba el sonido de su voz. Después de unos minutos de silencio, se atrevió a preguntarla.
–¿Qué sensación? 
–Esa sensación de cuando no sientes ninguna emoción. No eres feliz, pero tampoco eres totalmente desgraciada. Sientes que no eres nada. –le miró a los ojos–. Cuando tu vida no te pertenece, no sientes nada.




Entonces lo comprendió. Lo que se asomaba en sus ojos no era tristeza, ni desdicha. Simplemente no había nada. Carecía de ilusión, de ganas de vivir. Estaba vacía.






miércoles, 7 de marzo de 2012

The man who can't be moved.

Elegí Times Square. Me diréis que es demasiado típico, pero era o eso o La Quinta Avenida, y, sinceramente, en realidad fue allí la primera vez que nos vimos. Tuve en cuenta que fue ahí dónde fue tomada su foto favorita, y, por tanto, el primer lugar dónde me buscaría. En caso de que quisiera buscarme, claro está.


Llegaba ya al final de la Séptima Avenida, viendo el gentío que se amontonaba en medio de la plaza. A mi espalda iba colgada mi mochila, con mi saco de dormir en la parte de arriba y, en el bolsillo de la rejilla, un trozo de cartón arrancado de una de las cajas de nuestra última mudanza.
Crucé la calle, en dirección al centro de la pequeña plaza, y conseguí hacerme un hueco entre toda esa cantidad de personas. Respiré hondo, hice acopio de toda la paciencia que poseía y me senté. Al principio, la gente me miraba como si estuviera loco, y realmente lo estaba. Lo estaba totalmente. Por ella.


Se había ido hacía ya dos semanas. Discutíamos a menudo por pequeñas cosas insignificantes, de ninguna importancia. Pero un día agarró el bolso y se marchó. Así, sin más. No daba señales de vida por ninguna parte: no cogía el teléfono, había desaparecido de las redes sociales y su correo estaba desactivado, por lo que opté por lo que me pareció la locura más grande que se me había pasado jamás por la cabeza; opté por esperarla. No esperarla en nuestro sofá, sentado, con una cerveza en una mano y en la otra el mando a distancia del televisor. No. Esperarla en el lugar en el que comenzó todo.




Me quité la mochila y saqué el trozo de cartón. Rebusqué un poco más, y encontré el permanente que llevaba siempre encima. Lo destapé con la boca, y escribí unas palabras en el cartón. La gente que pasaba apenas se dignaba a dirigirme una mirada, pero no me importaba realmente. Sólo necesitaba una mirada, su mirada. Con eso me bastaba.
Cuando acabé, saqué la cartera del bolsillo interior de mi cazadora, buscando su foto, y la coloqué delante de mi, junto al cartón. Un niño que iba cogido de la mano de su madre, se paró delante de mi. La mujer tiró de él, pero el niñito se mantuvo firme. No tendría más de 5 o 6 años, pero se quedó mirando el cartel, con cara de concentración. Lo leyó sílaba por sílaba: 


Si...ven...a...es...ta...chi...ca...¿pue...den...de...cir...la...dón...de...es...toy?


Su madre se volvió. Primero miró a su hijo, y después me dirigió la mirada a mí y a mi cartón. Negó con la cabeza, y volvió a tirar del bracito del niño.
Vamos Junior, tenemos cosas que hacer.


La señora me lanzó un par de monedas, sin siquiera fijarse en cuántas eran. Y se alejaron de mí, a grandes zancadas por parte de la madre y pequeñas carreras por parte del crío. No lo comprendían. No quería dinero; la quería a ella. Sé que no tenía sentido, pero ¿qué más podía hacer? ¿Me iba a quedar quieto si aún la quería?


La gente pasaba a mi alrededor y les observaba detenidamente. Algunos iban con prisa, apartando a la gente casi a empujones, otros charlaban animádamente, y los grupos de turistas estaban presentes todo el tiempo. A veces, había personas que miraban su foto y sonreían como dándome ánimo y otras me hacían fotos con el móvil, o con las cámaras. Los de las cámaras eran todos turistas. Todos japoneses. Graciosísimos, la verdad.


Al cabo de dos días de estar sentado en medio de Times Square, se me acercó un policía. Sabía que tarde o temprano pasaría, pero estaba preparado. Llevaba las manos tras la espalda, como si quisiera quitarle importancia. La gente de mi alrededor que se hallaba más cerca de nosotros, dirigió su mirada a la escena que iba a tener lugar a continuación.
Hijo, no puedes quedarte aquí. Habló despacio, sin querer ofenderme, pero con sus intenciones bastante claras. Sostuvimos la mirada, mientras a nuestro alrededor la gente se amontonaba. 


No puedo irme dije con firmeza Estoy esperando a alguien. Y no me importa si llueve o nieva, o si tengo que esperar días, meses o años. Si ella cambia de opinión, éste es el primer sitio al que irá.
El policía me miró perplejo, creo que no sabía muy bien qué contestarme. Sacudió la cabeza, sonriendo. Antes de darse media vuelta, pude leer en sus labios un 'buena suerte'.




Todos los días, pasaba gente que se detenía a hacerme una foto, o a darme algo de comida, como bolsas de patatas o empanadillas de carne envasadas. Me convertí en una parte más de Times Square, algo a lo que la gente miraba asombrada, boquiabierta, como las luces de los rótulos de publicidad. Llegaron a venir los medios de comunicación, preguntándome por mi historia. Sin querer, salí en los periódicos, en las noticias de la tarde. Me hacían llamar 'El hombre que no puede ser movido'. Sí, lo sé, demasiado largo y con muy poco gancho. Pero ese no era mi objetivo.
Una de las preguntas que me hicieron mientras estaba allí sentado fue que cómo sabía que estaba tan enamorado para cometer semejante locura. La verdad es que al principio no supe contestar, es algo que se sabe, ¿no? Intenté recordar cómo me había sentido yo cuándo, un día, después de estar encontrándonos diariamente, aquí, en Times Square, no apareció.


Creo que sé que estás enamorado cuando un día te levantas y en lo primero en lo que caes es en que la echas de menos, y entonces te preguntas en qué parte de la Tierra puede estar. Al menos, es así cómo yo lo veo.
Esas palabras salieron de mi boca sin pensarlas detenidamente. Sí, creo que fue así como me sentía. Como lo sentía dentro de mí.


Había pasado ya cosa de un mes, y seguía allí sentado. Los guías turísticos me exhibían como si fuera un monumento o algo así. La gente a veces venía emocionada, diciéndome que la habían visto por La Quinta Avenida, o en su lugar de trabajo, incluso una vez un hombre me dijo que le había parecido verla de vacaciones por Haití. Yo mataba el tiempo leyendo los periódicos que la gente me prestaba, en los cuales siempre se hablaba de mí. Creía que, al intervenir los medios de comunicación, ella sabría dónde encontrarme más fácilmente, pero aún no había aparecido.


Retiré el periódico de mi vista y delante de mí aparecieron un par de botas de montaña. Supuse que sería otra de las numerosas personas que se acercaban diariamente para preguntarme que qué tal me encontraba o si necesitaba algo. Eran realmente agradables, se ofrecían para cualquier cosa, pero yo sólo necesitaba una, y ya se sabía cuál era.
Levanté la mirada, poco a poco, hacia su cara. A medida que mis ojos se posaban en su cuerpo, fui reconociendo partes del mismo: la curvatura de sus muslos, la estrechez de su cintura, sus voluminosos pechos, que estaban ahora tapados por un grueso suéter. Intentaba no creérmelo hasta no mirarla a la cara, porque ¿y si no era ella? La curiosidad fue a más y pude comprobar que sus brazos estaban doblados contra los costados y sus manos agarraban firmes las asas de una mochila de acampar. Cuando por fin nos miramos a los ojos, los noté vidriosos, como si estuviera a punto de echarse a llorar. Me quedé boquiabierto, ensimismado en ella. Me sonrió. El corazón me dio un vuelco. Estaba allí, delante de mí, de pie, hermosa, frágil, perfecta. 


Había vuelto al lugar dónde nos vimos por primera vez, con su mochila y su saco de dormir. Sin embargo, ella no llevaba una foto mía, qué va.




Llevaba su foto favorita.







jueves, 9 de febrero de 2012

You belong with me. [Parte 1]

Era la típica noche de Martes y en su habitación sonaba de fondo Monsters , de Hurricane Bells. Ella se encontraba sentada en su cama, con su pelo castaño recogido en un moño bastante despeinado, las gafas torcidas ligeramente hacia la derecha y mordisqueando uno de los muchos bolígrafos que se encontraban en su estuche. El libro de historia llevaba abierto por la misma página hacía ya media hora, y aunque intentaba por todos los medios concentrarse para estudiar el examen de mañana, su cabeza se encontraba en otra parte…

»Le había visto esa misma mañana. Iba hablando con su novia, Doña Perfecta, como a ella le gustaba llamarla. Capitana del equipo de animadoras, cómo no. Hablaba muy deprisa, parecía muy animado. Al contrario que ella. La vio bostezar un par de veces. «Será idiota», pensó. Él le estaba contando algo realmente gracioso, pero ella simplemente pasaba. No tenían el mismo sentido del humor.
De pronto, ella vio a las lameculos de sus amigas junto a las taquillas de los de segundo curso. Él no se dio cuenta, por lo que siguió hablando como si nada. Doña Perfecta se giró, le dio un beso de campeonato y le dejó plantado con cara de estúpido, mientras se alejaba pavoneándose delante de medio instituto.
Le miró. Parecía confuso. Sacudió la cabeza en señal de desaprobación. ¿Por qué se dejaba mangonear por semejante víbora? Ni siquiera le quería; le tenía de novio-escaparate, para poder presumir delante de los demás.

Brooke estaba absorta pensando en la forma en la que le trataba, por lo que no se daba cuenta que tenía la mirada fija en él. Él notó que era observado, y miró hacia varios lados. Fue un instante, menos de una milésima de segundo, pero sus miradas se cruzaron. Ella notaba como le ardían las mejillas al mismo tiempo que él le dedicaba una pequeña sonrisa.
Se conocían desde que eran unos críos, desde que jugar en el barro o trepar en los árboles era su pasatiempo favorito. Habían sido inseparables: conocían los secretos del otro, los miedos, alegrías, gustos… todo. Pero todo eso había quedado atrás. Aunque seguían en contacto y quedaban algún sábado que otro, él había cambiado: se había hecho popular, y por consiguiente, tenía una novia popular. Era lógico que la prefiriera a ella: vestía minifaldas y tacones mientras que Brooke adoraba llevar camisetas de todos los colores y tamaños y sus zapatillas Vans. Era capitana de animadoras. ¡Capitana! ¿Cómo podía competir con eso? Ella era de las que se escondían tras los libros; una soñadora empedernida que imaginaba que era la protagonista de las historias que leía.

Brooke bajó la mirada enseguida, temiendo que él lo notara demasiado. Pero, ¿no era eso lo que ella quería? ¿Que lo notara? No, no era el momento. «Nunca es el momento», dijo una vocecilla dentro de su cabeza. Si él supiera lo que sentía, lo que le hacía sentir, ¿cómo reaccionaría? ¿Bien? ¿Dejaría a Doña Perfecta y saldrían juntos? Al pensar en eso notó un vacío en el estómago. ¿O se reiría de ella en su propia cara? Decidió no arriesgarse; tenía demasiado miedo al no. Además, estaba hablando de Doña Perfecta, con su pelo rubio largo, sus ojos claros y su cuerpo de modelo, mientras que Brooke era del montón, el pelo castaño oscuro, los ojos de color avellana y sus curvas definidas pero no proporcionadas. Nadie se iba a fijar en ella. Y mucho menos él. «



…Deep into the darkness where I hide…


Brooke despertó de su ensimismamiento cuando comenzó el solo de la canción. Suspiró y cerró el libro de historia. No le iba a servir de nada continuar haciendo que estudiaba. Se quitó las gafas y se frotó los ojos. A su cabeza volvió la imagen de la pequeña sonrisa que le había dedicado esta mañana. Rió tímidamente mientras se ruborizaba. Aquella sonrisa era suya. Se la había regalado únicamente a ella. No pudo evitar soñar despierta con el día en el que él se diera cuenta de que eran iguales, que todo lo que él buscaba había estado presente todo el tiempo.


»Recordó la última salida que habían hecho juntos. Llevaba esos vaqueros rotos que tan bien le quedaban y que a ella tanto le gustaban. Era invierno, hacía frío, pero eso no les impidió estar toda la tarde riendo en un banco del parque, cerca del centro. Aquel día había visto cómo sonreía de verdad. Tenía del tipo de sonrisas que son capaces de iluminar toda una maldita ciudad. Una sonrisa cálida, traviesa, sincera; una sonrisa contagiosa que hacía que se le erizase la piel cada vez que la veía. A Brooke le reconfortaba saber que la razón de la sonrisa de él en ese momento fuera por algo que ella había dicho. La hacía sentirse bien, feliz. Había ocasiones en las que Brooke ganaba esperanzas: tal vez algún cumplido o alguna frase que pudiera tener doble significado. Pero, ¿de verdad podría tener doble significado o era simple y llanamente lo que él había dicho? Eran el tipo de cosas por las que Brooke se comía la cabeza. No podía parar de pensar en todo lo que decía o hacía: sus gestos, la entonación de sus palabras… Intentaba averiguar si él sentía lo mismo por ella. Le gustaba imaginar que, alguna vez, él se había preguntado a sí mismo si debía estar con ella.
Más tarde, la acompañó a casa. Se despidieron en la puerta trasera; era la que estaba más cerca de las escaleras que llevaban al cuarto de Brooke. La besó en la mejilla, dio media vuelta y se fue. Ella se quedó donde estaba, con la respiración entrecortada y la mano dónde él había puesto sus labios. Sonrió, entró en casa y, al llegar a su cuarto, se tumbó en la cama. Resopló.
Había sido una tarde memorable. Pero para él, ella era sólo su mejor amiga. «No puede verme de otro modo», pensó. Con el recuerdo de su sonrisa y el fantasma del beso en su mejilla, se durmió.




No habían vuelto a hablar desde entonces. Él había empezado a salir con Doña Perfecta hacía ya casi dos meses y a ella le pilló por sorpresa. No sabía cómo encajarlo; le descolocó todo su mundo. Había quedado claro: no le gustaba. Sintió una punzada a la altura del corazón. Fue incluso peor que si le hubiera dicho que no. Al principio tuvo que tirar de cuatro cajas de pañuelos de papel y horas y horas encerrada en su cuarto, con la música a todo volumen para no tener que oír sus propios pensamientos. No quería ver a nadie, ni siquiera a sus padres, los cuales empezaban a preocuparse de verdad.
Pero un día, mientras escuchaba You , de The Pretty Reckless, un nuevo pensamiento se cruzó por su mente: ella era fuerte, ella no era del tipo de chicas que lloraban por cualquier cosa. Era valiente, atrevida, dispuesta a darlo todo. ¿Qué narices estaba haciendo encerrada en su cuarto, auto-denigrándose escuchando canciones de amor no correspondido? Le quería, claro que le quería, pero no tendría nunca la oportunidad de que él sintiera lo mismo por ella. Sin embargo, conservaría algo que la daría fuerzas: esperanza. Tal vez, algún día, él se levantaría por la mañana y se preguntaría en qué lugar de la Tierra se encontraba ella en ese mismo instante. Tal vez, algún día, comenzara a echarla de menos, aunque la hubiera visto la tarde anterior. Tal vez, algún día, se cumpliría su sueño.


Habían pasado semanas desde que había tomado esa decisión. Intentaba mantenerse ocupada con cualquier cosa para que él no ocupase todos sus pensamientos. Pensó en el examen de mañana e intentó autoconvencerse de que lo llevaba bien preparado. Se bajó de la cama, quitó el disco de la cadena de música y lo guardó cuidadosamente en la estantería. Se cambió de ropa y se enfundó su calentito pijama. Apagó las bombillas de su lámpara, aunque la luz de la noche entraba por su balcón e iluminaba los contornos de los muebles. Antes de quedarse dormida, le concedió un último pensamiento. Aquella sonrisa mañanera había conseguido alimentar un poco más su pequeña esperanza.


Y ella era feliz así, soñando con el día en el que él la dijera que la quería.


miércoles, 8 de febrero de 2012

Prólogo.

Hola.

La verdad, no sé muy bien qué decir. He creado este blog para compartir microrrelatos, pequeñas historias que se me han ido ocurriendo a lo largo de los años.
Siempre me ha encantado leer, sobretodo literatura fantástica y romántica. He de decir que no me pega mucho leer literatura romántica, pero en mi defensa alegaré lo obvio: soy una chica. Y una maldita soñadora. Soy de ese tipo de personas que, mientras viaja en el tren todas las mañanas, mira a la gente e imagina cómo son sus vidas, o escucha una canción e imagina una historia con ella.
La mayoría de mis historias están sacadas de canciones que me han gustado o inspirado y he intentado plasmar mis pensamientos en palabras. No ha sido tarea fácil, pero no puedo decir que no lo he intentado.

Muchas personas que han leído mis historias me han preguntado
Eh, eso que escribes, ¿te ha pasado a ti?.
Bien, para que quede claro desde un primer momento: NO. Tal vez a la hora de describir una situación o un lugar haya podido inspirarme en mi propia experiencia, en experiencias de los demás o en alguna escena de alguna película. Pero, como ya he dicho, mis historias se inspiran en canciones o en mis propias imaginaciones.

Como podréis suponer, hay historias que pueden durar capítulos y otras distintas que pueden ocupar dos párrafos. Depende de la inspiración y mis ganas de escribir. También he de decir que no lo hago a nivel profesional, sino porque me gusta escribir, por lo que, como habrá críticas, pido que no seáis muy duros: estoy empezando y vuestras críticas me sirven para mejorar lentamente.
No voy a subir todo de golpe; iré poco a poco. Subiré historia por historia, es decir, que hasta que no finalice completamente un microrrelato no comenzaré con uno nuevo. Sería demasiado lioso para leer.

Por último, quiero deciros que espero que realmente os gusten y leáis el blog a menudo. Para mi, ya es mucho.

Gracias de antemano. Y disfrutad.