Hacía frío y el día estaba gris. Aun así, la obligó a salir de casa, a pesar de que ella opuso resistencia. Llevaba sin hablar semanas, pero eso no la impidió intentar quedarse donde estaba.
–Oh vamos, no puedes quedarte así todo el día –le dijo él. Ella le miró. Costaba descifrar lo que decían sus ojos. Estaban sin brillo, sin luz. «Podría ser tristeza», pensó. No le extrañaba. Aún estaba reciente.
Antes de salir, él cogió un paraguas. Ella le miró.
–Por si acaso –sonrió él. Su única respuesta fue dirigir su mirada hacia otro lado.
Salieron al exterior. La humedad impregnaba el ambiente y enseguida les caló en los huesos. Ella temblaba. Se agarraba los brazos y estaba ligeramente encogida, para darse calor.
–No he tenido una buena idea, ¿eh? –bromeó él. Sin embargo, ella tenía clavada la vista en el suelo. Él resopló. Ya no sabía qué hacer, no sabía cómo ser de ayuda. Pero de pronto, se le ocurrió.
–Vamos –la cogió de la mano y ella pegó un pequeño salto. Empezaron a andar rápidamente; él iba delante, tirando de ella. Tenía el paso decidido, y no se paraba a mirar hacia atrás. Cuando llegaron, el portero se alegró de verles.
–Hacía tiempo que no venía por aquí, señorita –la saludó. Les abrió la puerta y se sorprendió de la velocidad a la que pasaron. Por suerte, el ascensor estaba en la planta baja y no tardaron en llegar al último piso. No hizo falta sacarla del ascensor: fue la primera en salir. Daba pequeños pasos, lentos, hacia el interior de la azotea. El viento agitaba su melena castaña y se le enredaba a causa de la humedad. Él estaba justo detrás de ella. Esperó. Quería que fuera sola, que volviera a sentir ese sitio como suyo.
Después de un par de vueltas por la azotea, se sentó en el borde del edificio, con las piernas hacia fuera, como solía hacer. Se quedó allí, mirando hacia el horizonte. Él se acercó y apoyó las manos en el poyete, dirigiendo la vista en el mismo sentido en el que lo hacía ella. Se quedaron así, perdiendo la noción del tiempo. De vez en cuando, él la miraba de soslayo, pero ella seguía mirando al frente, sin apenas pestañear. Él se dio la vuelta, y apoyó las manos en el borde del poyete. Miraba en dirección contraria a la de ella. Estaba cansado, y se le notaba. Sacó el paquete de tabaco e intentó encender un cigarrillo. El viento comenzó a soplar más fuerte, por lo que la chaqueta le ondeaba hacia delante, al igual que el pelo y eso le dificultaba la vista cuando intentaba mirarla.
–Odio esta sensación.
Se sobresaltó y se le cayó el cigarrillo de las manos. La miró sorprendido. Ya no recordaba el sonido de su voz. Después de unos minutos de silencio, se atrevió a preguntarla.
–¿Qué sensación?
–Esa sensación de cuando no sientes ninguna emoción. No eres feliz, pero tampoco eres totalmente desgraciada. Sientes que no eres nada. –le miró a los ojos–. Cuando tu vida no te pertenece, no sientes nada.
Entonces lo comprendió. Lo que se asomaba en sus ojos no era tristeza, ni desdicha. Simplemente no había nada. Carecía de ilusión, de ganas de vivir. Estaba vacía.

