miércoles, 28 de marzo de 2012

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Hacía frío y el día estaba gris. Aun así, la obligó a salir de casa, a pesar de que ella opuso resistencia. Llevaba sin hablar semanas, pero eso no la impidió intentar quedarse donde estaba.
–Oh vamos, no puedes quedarte así todo el día –le dijo él. Ella le miró. Costaba descifrar lo que decían sus ojos. Estaban sin brillo, sin luz. «Podría ser tristeza», pensó. No le extrañaba. Aún estaba reciente.
Antes de salir, él cogió un paraguas. Ella le miró.
–Por si acaso –sonrió él. Su única respuesta fue dirigir su mirada hacia otro lado.
Salieron al exterior. La humedad impregnaba el ambiente y enseguida les caló en los huesos. Ella temblaba. Se agarraba los brazos y estaba ligeramente encogida, para darse calor.
–No he tenido una buena idea, ¿eh? –bromeó él. Sin embargo, ella tenía clavada la vista en el suelo. Él resopló. Ya no sabía qué hacer, no sabía cómo ser de ayuda. Pero de pronto, se le ocurrió. 

–Vamos –la cogió de la mano y ella pegó un pequeño salto. Empezaron a andar rápidamente; él iba delante, tirando de ella. Tenía el paso decidido, y no se paraba a mirar hacia atrás. Cuando llegaron, el portero se alegró de verles.

–Hacía tiempo que no venía por aquí, señorita –la saludó. Les abrió la puerta y se sorprendió de la velocidad a la que pasaron. Por suerte, el ascensor estaba en la planta baja y no tardaron en llegar al último piso. No hizo falta sacarla del ascensor: fue la primera en salir. Daba pequeños pasos, lentos, hacia el interior de la azotea. El viento agitaba su melena castaña y se le enredaba a causa de la humedad. Él estaba justo detrás de ella. Esperó. Quería que fuera sola, que volviera a sentir ese sitio como suyo.

Después de un par de vueltas por la azotea, se sentó en el borde del edificio, con las piernas hacia fuera, como solía hacer. Se quedó allí, mirando hacia el horizonte. Él se acercó y apoyó las manos en el poyete, dirigiendo la vista en el mismo sentido en el que lo hacía ella. Se quedaron así, perdiendo la noción del tiempo. De vez en cuando, él la miraba de soslayo, pero ella seguía mirando al frente, sin apenas pestañear. Él se dio la vuelta, y apoyó las manos en el borde del poyete. Miraba en dirección contraria a la de ella. Estaba cansado, y se le notaba. Sacó el paquete de tabaco e intentó encender un cigarrillo. El viento comenzó a soplar más fuerte, por lo que la chaqueta le ondeaba hacia delante, al igual que el pelo y eso le dificultaba la vista cuando intentaba mirarla.

–Odio esta sensación.

Se sobresaltó y se le cayó el cigarrillo de las manos. La miró sorprendido. Ya no recordaba el sonido de su voz. Después de unos minutos de silencio, se atrevió a preguntarla.
–¿Qué sensación? 
–Esa sensación de cuando no sientes ninguna emoción. No eres feliz, pero tampoco eres totalmente desgraciada. Sientes que no eres nada. –le miró a los ojos–. Cuando tu vida no te pertenece, no sientes nada.




Entonces lo comprendió. Lo que se asomaba en sus ojos no era tristeza, ni desdicha. Simplemente no había nada. Carecía de ilusión, de ganas de vivir. Estaba vacía.






miércoles, 7 de marzo de 2012

The man who can't be moved.

Elegí Times Square. Me diréis que es demasiado típico, pero era o eso o La Quinta Avenida, y, sinceramente, en realidad fue allí la primera vez que nos vimos. Tuve en cuenta que fue ahí dónde fue tomada su foto favorita, y, por tanto, el primer lugar dónde me buscaría. En caso de que quisiera buscarme, claro está.


Llegaba ya al final de la Séptima Avenida, viendo el gentío que se amontonaba en medio de la plaza. A mi espalda iba colgada mi mochila, con mi saco de dormir en la parte de arriba y, en el bolsillo de la rejilla, un trozo de cartón arrancado de una de las cajas de nuestra última mudanza.
Crucé la calle, en dirección al centro de la pequeña plaza, y conseguí hacerme un hueco entre toda esa cantidad de personas. Respiré hondo, hice acopio de toda la paciencia que poseía y me senté. Al principio, la gente me miraba como si estuviera loco, y realmente lo estaba. Lo estaba totalmente. Por ella.


Se había ido hacía ya dos semanas. Discutíamos a menudo por pequeñas cosas insignificantes, de ninguna importancia. Pero un día agarró el bolso y se marchó. Así, sin más. No daba señales de vida por ninguna parte: no cogía el teléfono, había desaparecido de las redes sociales y su correo estaba desactivado, por lo que opté por lo que me pareció la locura más grande que se me había pasado jamás por la cabeza; opté por esperarla. No esperarla en nuestro sofá, sentado, con una cerveza en una mano y en la otra el mando a distancia del televisor. No. Esperarla en el lugar en el que comenzó todo.




Me quité la mochila y saqué el trozo de cartón. Rebusqué un poco más, y encontré el permanente que llevaba siempre encima. Lo destapé con la boca, y escribí unas palabras en el cartón. La gente que pasaba apenas se dignaba a dirigirme una mirada, pero no me importaba realmente. Sólo necesitaba una mirada, su mirada. Con eso me bastaba.
Cuando acabé, saqué la cartera del bolsillo interior de mi cazadora, buscando su foto, y la coloqué delante de mi, junto al cartón. Un niño que iba cogido de la mano de su madre, se paró delante de mi. La mujer tiró de él, pero el niñito se mantuvo firme. No tendría más de 5 o 6 años, pero se quedó mirando el cartel, con cara de concentración. Lo leyó sílaba por sílaba: 


Si...ven...a...es...ta...chi...ca...¿pue...den...de...cir...la...dón...de...es...toy?


Su madre se volvió. Primero miró a su hijo, y después me dirigió la mirada a mí y a mi cartón. Negó con la cabeza, y volvió a tirar del bracito del niño.
Vamos Junior, tenemos cosas que hacer.


La señora me lanzó un par de monedas, sin siquiera fijarse en cuántas eran. Y se alejaron de mí, a grandes zancadas por parte de la madre y pequeñas carreras por parte del crío. No lo comprendían. No quería dinero; la quería a ella. Sé que no tenía sentido, pero ¿qué más podía hacer? ¿Me iba a quedar quieto si aún la quería?


La gente pasaba a mi alrededor y les observaba detenidamente. Algunos iban con prisa, apartando a la gente casi a empujones, otros charlaban animádamente, y los grupos de turistas estaban presentes todo el tiempo. A veces, había personas que miraban su foto y sonreían como dándome ánimo y otras me hacían fotos con el móvil, o con las cámaras. Los de las cámaras eran todos turistas. Todos japoneses. Graciosísimos, la verdad.


Al cabo de dos días de estar sentado en medio de Times Square, se me acercó un policía. Sabía que tarde o temprano pasaría, pero estaba preparado. Llevaba las manos tras la espalda, como si quisiera quitarle importancia. La gente de mi alrededor que se hallaba más cerca de nosotros, dirigió su mirada a la escena que iba a tener lugar a continuación.
Hijo, no puedes quedarte aquí. Habló despacio, sin querer ofenderme, pero con sus intenciones bastante claras. Sostuvimos la mirada, mientras a nuestro alrededor la gente se amontonaba. 


No puedo irme dije con firmeza Estoy esperando a alguien. Y no me importa si llueve o nieva, o si tengo que esperar días, meses o años. Si ella cambia de opinión, éste es el primer sitio al que irá.
El policía me miró perplejo, creo que no sabía muy bien qué contestarme. Sacudió la cabeza, sonriendo. Antes de darse media vuelta, pude leer en sus labios un 'buena suerte'.




Todos los días, pasaba gente que se detenía a hacerme una foto, o a darme algo de comida, como bolsas de patatas o empanadillas de carne envasadas. Me convertí en una parte más de Times Square, algo a lo que la gente miraba asombrada, boquiabierta, como las luces de los rótulos de publicidad. Llegaron a venir los medios de comunicación, preguntándome por mi historia. Sin querer, salí en los periódicos, en las noticias de la tarde. Me hacían llamar 'El hombre que no puede ser movido'. Sí, lo sé, demasiado largo y con muy poco gancho. Pero ese no era mi objetivo.
Una de las preguntas que me hicieron mientras estaba allí sentado fue que cómo sabía que estaba tan enamorado para cometer semejante locura. La verdad es que al principio no supe contestar, es algo que se sabe, ¿no? Intenté recordar cómo me había sentido yo cuándo, un día, después de estar encontrándonos diariamente, aquí, en Times Square, no apareció.


Creo que sé que estás enamorado cuando un día te levantas y en lo primero en lo que caes es en que la echas de menos, y entonces te preguntas en qué parte de la Tierra puede estar. Al menos, es así cómo yo lo veo.
Esas palabras salieron de mi boca sin pensarlas detenidamente. Sí, creo que fue así como me sentía. Como lo sentía dentro de mí.


Había pasado ya cosa de un mes, y seguía allí sentado. Los guías turísticos me exhibían como si fuera un monumento o algo así. La gente a veces venía emocionada, diciéndome que la habían visto por La Quinta Avenida, o en su lugar de trabajo, incluso una vez un hombre me dijo que le había parecido verla de vacaciones por Haití. Yo mataba el tiempo leyendo los periódicos que la gente me prestaba, en los cuales siempre se hablaba de mí. Creía que, al intervenir los medios de comunicación, ella sabría dónde encontrarme más fácilmente, pero aún no había aparecido.


Retiré el periódico de mi vista y delante de mí aparecieron un par de botas de montaña. Supuse que sería otra de las numerosas personas que se acercaban diariamente para preguntarme que qué tal me encontraba o si necesitaba algo. Eran realmente agradables, se ofrecían para cualquier cosa, pero yo sólo necesitaba una, y ya se sabía cuál era.
Levanté la mirada, poco a poco, hacia su cara. A medida que mis ojos se posaban en su cuerpo, fui reconociendo partes del mismo: la curvatura de sus muslos, la estrechez de su cintura, sus voluminosos pechos, que estaban ahora tapados por un grueso suéter. Intentaba no creérmelo hasta no mirarla a la cara, porque ¿y si no era ella? La curiosidad fue a más y pude comprobar que sus brazos estaban doblados contra los costados y sus manos agarraban firmes las asas de una mochila de acampar. Cuando por fin nos miramos a los ojos, los noté vidriosos, como si estuviera a punto de echarse a llorar. Me quedé boquiabierto, ensimismado en ella. Me sonrió. El corazón me dio un vuelco. Estaba allí, delante de mí, de pie, hermosa, frágil, perfecta. 


Había vuelto al lugar dónde nos vimos por primera vez, con su mochila y su saco de dormir. Sin embargo, ella no llevaba una foto mía, qué va.




Llevaba su foto favorita.