»Le había visto esa misma mañana. Iba hablando con su novia, Doña Perfecta, como a ella le gustaba llamarla. Capitana del equipo de animadoras, cómo no. Hablaba muy deprisa, parecía muy animado. Al contrario que ella. La vio bostezar un par de veces. «Será idiota», pensó. Él le estaba contando algo realmente gracioso, pero ella simplemente pasaba. No tenían el mismo sentido del humor.
De pronto, ella vio a las lameculos de sus amigas junto a las taquillas de los de segundo curso. Él no se dio cuenta, por lo que siguió hablando como si nada. Doña Perfecta se giró, le dio un beso de campeonato y le dejó plantado con cara de estúpido, mientras se alejaba pavoneándose delante de medio instituto.
Le miró. Parecía confuso. Sacudió la cabeza en señal de desaprobación. ¿Por qué se dejaba mangonear por semejante víbora? Ni siquiera le quería; le tenía de novio-escaparate, para poder presumir delante de los demás.
Brooke estaba absorta pensando en la forma en la que le trataba, por lo que no se daba cuenta que tenía la mirada fija en él. Él notó que era observado, y miró hacia varios lados. Fue un instante, menos de una milésima de segundo, pero sus miradas se cruzaron. Ella notaba como le ardían las mejillas al mismo tiempo que él le dedicaba una pequeña sonrisa.
Se conocían desde que eran unos críos, desde que jugar en el barro o trepar en los árboles era su pasatiempo favorito. Habían sido inseparables: conocían los secretos del otro, los miedos, alegrías, gustos… todo. Pero todo eso había quedado atrás. Aunque seguían en contacto y quedaban algún sábado que otro, él había cambiado: se había hecho popular, y por consiguiente, tenía una novia popular. Era lógico que la prefiriera a ella: vestía minifaldas y tacones mientras que Brooke adoraba llevar camisetas de todos los colores y tamaños y sus zapatillas Vans. Era capitana de animadoras. ¡Capitana! ¿Cómo podía competir con eso? Ella era de las que se escondían tras los libros; una soñadora empedernida que imaginaba que era la protagonista de las historias que leía.
Brooke bajó la mirada enseguida, temiendo que él lo notara demasiado. Pero, ¿no era eso lo que ella quería? ¿Que lo notara? No, no era el momento. «Nunca es el momento», dijo una vocecilla dentro de su cabeza. Si él supiera lo que sentía, lo que le hacía sentir, ¿cómo reaccionaría? ¿Bien? ¿Dejaría a Doña Perfecta y saldrían juntos? Al pensar en eso notó un vacío en el estómago. ¿O se reiría de ella en su propia cara? Decidió no arriesgarse; tenía demasiado miedo al no. Además, estaba hablando de Doña Perfecta, con su pelo rubio largo, sus ojos claros y su cuerpo de modelo, mientras que Brooke era del montón, el pelo castaño oscuro, los ojos de color avellana y sus curvas definidas pero no proporcionadas. Nadie se iba a fijar en ella. Y mucho menos él. «
…Deep into the darkness where I hide…
Brooke despertó de su ensimismamiento cuando comenzó el solo de la canción. Suspiró y cerró el libro de historia. No le iba a servir de nada continuar haciendo que estudiaba. Se quitó las gafas y se frotó los ojos. A su cabeza volvió la imagen de la pequeña sonrisa que le había dedicado esta mañana. Rió tímidamente mientras se ruborizaba. Aquella sonrisa era suya. Se la había regalado únicamente a ella. No pudo evitar soñar despierta con el día en el que él se diera cuenta de que eran iguales, que todo lo que él buscaba había estado presente todo el tiempo.
»Recordó la última salida que habían hecho juntos. Llevaba esos vaqueros rotos que tan bien le quedaban y que a ella tanto le gustaban. Era invierno, hacía frío, pero eso no les impidió estar toda la tarde riendo en un banco del parque, cerca del centro. Aquel día había visto cómo sonreía de verdad. Tenía del tipo de sonrisas que son capaces de iluminar toda una maldita ciudad. Una sonrisa cálida, traviesa, sincera; una sonrisa contagiosa que hacía que se le erizase la piel cada vez que la veía. A Brooke le reconfortaba saber que la razón de la sonrisa de él en ese momento fuera por algo que ella había dicho. La hacía sentirse bien, feliz. Había ocasiones en las que Brooke ganaba esperanzas: tal vez algún cumplido o alguna frase que pudiera tener doble significado. Pero, ¿de verdad podría tener doble significado o era simple y llanamente lo que él había dicho? Eran el tipo de cosas por las que Brooke se comía la cabeza. No podía parar de pensar en todo lo que decía o hacía: sus gestos, la entonación de sus palabras… Intentaba averiguar si él sentía lo mismo por ella. Le gustaba imaginar que, alguna vez, él se había preguntado a sí mismo si debía estar con ella.
Más tarde, la acompañó a casa. Se despidieron en la puerta trasera; era la que estaba más cerca de las escaleras que llevaban al cuarto de Brooke. La besó en la mejilla, dio media vuelta y se fue. Ella se quedó donde estaba, con la respiración entrecortada y la mano dónde él había puesto sus labios. Sonrió, entró en casa y, al llegar a su cuarto, se tumbó en la cama. Resopló.
Había sido una tarde memorable. Pero para él, ella era sólo su mejor amiga. «No puede verme de otro modo», pensó. Con el recuerdo de su sonrisa y el fantasma del beso en su mejilla, se durmió.
No habían vuelto a hablar desde entonces. Él había empezado a salir con Doña Perfecta hacía ya casi dos meses y a ella le pilló por sorpresa. No sabía cómo encajarlo; le descolocó todo su mundo. Había quedado claro: no le gustaba. Sintió una punzada a la altura del corazón. Fue incluso peor que si le hubiera dicho que no. Al principio tuvo que tirar de cuatro cajas de pañuelos de papel y horas y horas encerrada en su cuarto, con la música a todo volumen para no tener que oír sus propios pensamientos. No quería ver a nadie, ni siquiera a sus padres, los cuales empezaban a preocuparse de verdad.
Pero un día, mientras escuchaba You , de The Pretty Reckless, un nuevo pensamiento se cruzó por su mente: ella era fuerte, ella no era del tipo de chicas que lloraban por cualquier cosa. Era valiente, atrevida, dispuesta a darlo todo. ¿Qué narices estaba haciendo encerrada en su cuarto, auto-denigrándose escuchando canciones de amor no correspondido? Le quería, claro que le quería, pero no tendría nunca la oportunidad de que él sintiera lo mismo por ella. Sin embargo, conservaría algo que la daría fuerzas: esperanza. Tal vez, algún día, él se levantaría por la mañana y se preguntaría en qué lugar de la Tierra se encontraba ella en ese mismo instante. Tal vez, algún día, comenzara a echarla de menos, aunque la hubiera visto la tarde anterior. Tal vez, algún día, se cumpliría su sueño.
Habían pasado semanas desde que había tomado esa decisión. Intentaba mantenerse ocupada con cualquier cosa para que él no ocupase todos sus pensamientos. Pensó en el examen de mañana e intentó autoconvencerse de que lo llevaba bien preparado. Se bajó de la cama, quitó el disco de la cadena de música y lo guardó cuidadosamente en la estantería. Se cambió de ropa y se enfundó su calentito pijama. Apagó las bombillas de su lámpara, aunque la luz de la noche entraba por su balcón e iluminaba los contornos de los muebles. Antes de quedarse dormida, le concedió un último pensamiento. Aquella sonrisa mañanera había conseguido alimentar un poco más su pequeña esperanza.
Y ella era feliz así, soñando con el día en el que él la dijera que la quería.
