jueves, 31 de mayo de 2012

Destiny.




No creía en el destino. Era de ese tipo de personas que pensaba que las decisiones no estaban predestinadas, que podía elegir, y por ello siempre se culpaba de las cosas que le sucedían. Las decisiones tomadas eran acertadas o erróneas, pero porque él había acertado o errado. No cabía otra. Se torturaba a sí mismo, consumiéndose poco a poco. Se hacía trizas por dentro, rompiéndose en mil pedazos, hasta que tomaba otra decisión. Entonces su cara cambiaba y se mostraba radiante, creyendo que esta vez todo saldría bien. Pero por más que lo intentaba, no conseguía acertar con su elección. Era constante, no se daba por vencido. Buscaba en caras desconocidas el rostro que le cambiara la vida, a tientas, sin ver. Parecía perdido, anonadado, vacío. Vagaba por cada rincón de su mente, intentando averiguar qué es lo que hacía mal. La soledad era su amiga, su compañera en ese viaje sin rumbo.


Le gustaba sentarse en aquel banco de piedra observando a la gente de su alrededor, imaginando si alguna de esas personas le llevaría a lo que él tanto tiempo llevaba buscando. Suspiró. Fue entonces cuando un leve movimiento a su derecha llamó su atención. Miró de reojo. Una chica de pelo castaño se había sentado al otro lado del banco. Su larga melena le tapaba la cara, pero podía apreciar los finos rasgos de su cara. Se giró del todo, mirándola fijamente. Le pareció increíble, incluso estúpido, pero en ese instante supo que era ella.
Se sobresaltó cuando la chica giró la cabeza hacia él, y se quedó boquiabierto cuando, al verla el rostro, la reconoció. Ella estaba confundida, sorprendida tal vez. Se quedaron así, mirándose. Ella sonrió y se acercó a él.


—Hacía mucho tiempo que no nos veíamos—le dijo.
Él sonrió. Y a partir de entonces, el destino no le pareció tan absurdo.

sábado, 5 de mayo de 2012

Save me.


5 de Mayo de 1996


Salí de casa y el frío de la noche me erizó la piel de los brazos, mientras veía como delante de mí el suspiro que salía de mi boca se materializaba en vapor. Miré hacia ambos lados de la calle antes de cruzar en dirección al coche. Precaución ante todo. Cuando abrí la puerta, un olor a tabaco mezclado con el ambientador barato me golpeó en la cara. Dejé el bolso en el asiento del copiloto mientras me sentaba y acomodaba mis botas nuevas a los pedales del coche. Me mantuve quieta durante unos minutos, mirando al frente, disfrutando del silencio que el interior del monovolumen de mi madre me brindaba. No aguanté demasiado, por lo que me encendí un cigarrillo. El sabor a nicotina me atravesó los pulmones, haciéndome toser de nuevo. Hacía poco tiempo que había empezado a fumar y aún no me había acostumbrado del todo. Con el cigarrillo en los labios, arranqué el frío motor, con varios intentos fallidos. Tampoco se me daba bien conducir. Era una de las cosas apuntadas en mi lista de habilidades inútiles, justo debajo de cocinar.
Varios minutos después, el coche comenzó a vibrar. Una pequeña sonrisa de triunfo se dibujó en mis labios, y tuve que tener cuidado de que no se me cayese el pitillo. Me habían caído varias broncas ya por quemaduras en la tapicería, y no quería que me dejasen sin coche.


Salí de allí lo más rápido que pude, porque ya llegaba tarde. Aunque también había otro motivo que me hacía pisar el acelerador.
Las farolas de la autopista pasaban en fila delante de mi, como si intentasen ganarme en mi solitaria carrera. Tomé el tercer desvío, en dirección al mirador del árbol hueco, donde escondíamos el alcohol en las noches de verano. Ya estaba allí, apoyado contra el tronco, mientras miraba hacia las luces de la ciudad que se extendía bajo sus pies. Apagué los faros, y me quedé dentro del coche, mirándole desde la penumbra. Las luces titilantes le recortaban la silueta. No sabría decir en qué estaba pensando.
Cuando me apeé del coche y cerré la puerta, él no cambió de postura. Me acerqué dando pasos pequeños, sin apartar la mirada de su nuca. Me paré a su lado, contemplando la imagen que tenía debajo de mí: las luces parecían pequeñas bombillas de un circuito de motos en miniatura, como si estuvieran temblando ante nosotros. La vista era inmensa, qué digo, gigantesca, y me hizo sentir especial poder ver todo aquello en aquel momento.


Sabía que él necesitaba hablar conmigo. Lo que no sabía era sobre qué. Entendedme, habíamos hablado un par de veces, y, la verdad, no es que fuera muy agradable. Le miré de reojo. No parecía el chico al que yo estaba acostumbrada a tratar; parecía vulnerable, melancólico. Tenía la mirada fija en el horizonte, apenas pestañeaba.
Nos quedamos así unos minutos, u horas, quién sabe. Perdí la noción del tiempo. El frío de la noche azotaba en la cara y me hacía dudar de la existencia de mi nariz. Arrancaba la hierba que se metía entre mis dedos, con tal mala suerte que con ella, había el pequeño brote de una flor. Lo guardé en mi chaqueta, no me preguntéis por qué. Seguí mirando hacia delante. Su voz me sonó ronca cuando empezó a hablar sin previo aviso.
Había elegido un camino. Tal vez no fuera el correcto, pero en ese instante ya nada importaba. –suspiró–. Decidí ser egoísta, conseguir lo que quería sin importarme el cómo ni la consecuencia final; todo carecía de sentido para mí. No tenía nada que perder. Trataba a los demás como inferiores a mí, como personas cuya existencia era innecesaria. Conseguía a cualquier tía, sin importarme siquiera su nombre. Una copa aquí, un piropo por allá... Cada noche era una diferente; todas dispuestas a acostarse conmigo. Buscaba rellenar un hueco vacío, aún a sabiendas que ninguna de ellas era la correcta. El alcohol y el tabaco era en lo único en lo que confiaba: uno me hacía olvidar y el otro me mataba lentamente. Creo que en el fondo deseaba morir. Me encerré en mí mismo, pidiendo una ayuda silenciosa que trataba de ahogar con vicios.


Se calló y yo traté de asimilar lo que acababa de decir. Sabía que iba de flor en flor, por eso nunca me había interesado. Es verdad; parecía el típico tío superficial que no le importaba nada más que él mismo, pero nunca habría llegado a imaginar que debajo de todo eso existiese un motivo.
En todo el rato que había estado hablando no había dejado de mirar a la ciudad. Mantenía la vista fija, impenetrable. Yo estaba boquiabierta (como para no estarlo, ¿no?). Pero seguía sin saber qué tenía que ver yo en todo esto. Como si me hubiera leído la mente, él sólo me respondió.
Y, entonces, llegaste tú con tu puta sonrisa y tus putas ganas de vivir, e, inconscientemente, me salvaste. Joder, sí, me salvaste. Me diste esperanza, me diste una nueva razón por la que vivir. Llegabas todos los días con esa energía, con tu jodida alegría contagiosa y me hiciste ver el mundo de otra manera. Me di cuenta de qué era lo que faltaba en mi vida, ese hueco a rellenar. –me miró y fue entonces cuando el corazón me dio un vuelco: sus ojos brillaban con tanta intensidad que me daba miedo que fueran a deslumbrarme. Tal vez fuera por el reflejo de las pequeñas luces de la ciudad, aunque no lo creía posible–. Me faltabas tú. Me faltaba alguien valiente que diera estabilidad a mi vida. Pero tenía miedo... Miedo a caer otra vez en mí mismo, de no tener fuerza suficiente; de no ser suficiente para ti.

Me faltaban las palabras. Debería tener una cara de estúpida integral, porque sonrió. Aquello me dejó sin aliento. Era una sonrisa sincera, cálida y totalmente devastadora para mí. Yo no era consciente de lo que estaba ocurriendo dentro de mí. Solo sabía el efecto que sus palabras tenían sobre mi persona. Por eso una ola de sentimientos atropellados se cirnió sobre mi cuando pronunció aquellas palabras:

–Y por eso quiero que estés conmigo. Porque te quiero.


No imaginaba que ella tuviese todo aquello escrito. Había una flor seca pegada en uno de los márgenes. ¿Qué podría hacer una flor allí? Pasé las hojas rápidamente, y pude comprobar que no faltaba ni un solo día escrito desde entonces, y eso que habían pasado 63 años. Me detuve a contemplar la foto de nuestra boda, en la que aparecemos con la nariz llena de tarta. Sonreí. A medida que avanzaba en las hojas, los recuerdos que habíamos forjado juntos se hacían más nítidos en mi mente. No podía evitar ensanchar mi sonrisa cada vez que leía algún pequeño detalle del cual nunca me había percatado, pero que para ella era importante. Llevado por la curiosidad, me dirigí directamente a la última página escrita. Una lágrima nació, liderando todas las que vinieron después, surcando a su paso mis mejillas.


Tenía fecha de hace dos días. La misma fecha que ahora tiene una piedra de mármol.