jueves, 31 de mayo de 2012

Destiny.




No creía en el destino. Era de ese tipo de personas que pensaba que las decisiones no estaban predestinadas, que podía elegir, y por ello siempre se culpaba de las cosas que le sucedían. Las decisiones tomadas eran acertadas o erróneas, pero porque él había acertado o errado. No cabía otra. Se torturaba a sí mismo, consumiéndose poco a poco. Se hacía trizas por dentro, rompiéndose en mil pedazos, hasta que tomaba otra decisión. Entonces su cara cambiaba y se mostraba radiante, creyendo que esta vez todo saldría bien. Pero por más que lo intentaba, no conseguía acertar con su elección. Era constante, no se daba por vencido. Buscaba en caras desconocidas el rostro que le cambiara la vida, a tientas, sin ver. Parecía perdido, anonadado, vacío. Vagaba por cada rincón de su mente, intentando averiguar qué es lo que hacía mal. La soledad era su amiga, su compañera en ese viaje sin rumbo.


Le gustaba sentarse en aquel banco de piedra observando a la gente de su alrededor, imaginando si alguna de esas personas le llevaría a lo que él tanto tiempo llevaba buscando. Suspiró. Fue entonces cuando un leve movimiento a su derecha llamó su atención. Miró de reojo. Una chica de pelo castaño se había sentado al otro lado del banco. Su larga melena le tapaba la cara, pero podía apreciar los finos rasgos de su cara. Se giró del todo, mirándola fijamente. Le pareció increíble, incluso estúpido, pero en ese instante supo que era ella.
Se sobresaltó cuando la chica giró la cabeza hacia él, y se quedó boquiabierto cuando, al verla el rostro, la reconoció. Ella estaba confundida, sorprendida tal vez. Se quedaron así, mirándose. Ella sonrió y se acercó a él.


—Hacía mucho tiempo que no nos veíamos—le dijo.
Él sonrió. Y a partir de entonces, el destino no le pareció tan absurdo.

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