Por eso envidiaba tanto a los pájaros; ninguno de ellos pertenecía a ningún lugar. En eso eran como ella. Sin embargo no estaban anclados a un sitio específico, sino que podían volar, batir las alas y escapar de cualquier peligro o situación que amenazara con hundirles la vida. Ella les contemplaba desde su ventana, deseando con todas sus fuerzas ser uno de ellos, y no sentirse sola ni atrapada.
Sin embargo, esta vez era diferente. Se sentía frágil, delicada, ligera como una pluma. Y no tenía miedo. Lo importante es no tener miedo. El miedo te paraliza, te impide actuar, no te deja tomar decisiones importantes, y te hace sentirte estúpida y débil.
Cerró los ojos y respiró hondo, dispuesta a dar el paso que la llevaría a su ansiada libertad. Por el contrario, en su mente se cruzaron las imágenes que había intentado olvidar durante estos últimos meses: los mensajes anónimos en su teléfono móvil, las llamadas a altas horas de la madrugada en las que, al otro lado del teléfono, una voz susurraba una y otra vez lo que ella ya sabía, lo que contemplaba delante del espejo cada noche. Las pintadas en las paredes de su edificio que siempre se detenía a contemplar cuando llegaba a casa después de haber pasado una mañana en el infierno. En su cabeza resonaron las risas y las burlas, las mismas que la impedían comer. Volvió a sentir el dolor cuando, con los ojos entreabiertos, se miró los cortes de sus muñecas. Habían sido intentos fallidos de escapar. Sacudió la cabeza. «Esta vez no», se dijo. «Esta vez es diferente».
En ese instante, una bandada de palomas blancas apareció detrás de ella, batiendo sus alas hacia el espléndido cielo azul. Ella sonrió, mientras una osadía la invadía por dentro. Quería unirse a su vuelo, quería poder sentirse excarcelada al fin.
Aún con la sonrisa en su rostro, extendió los brazos mientras se impulsaba hacia las palomas, hacia su vuelo sencillo y confiado, mientras, bajo ella, se precipitaba el vacío.
Alzaba así su primer y último vuelo.

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