miércoles, 2 de enero de 2013

La primera vez.

—Bien, está todo listo —dijo el doctor—. ¿A qué momento quiere usted viajar?
Después de meditarlo durante un momento, abrió los ojos y sonrió.
—Quiero viajar al momento en el que le vi por primera vez.

El doctor reparó en la nota de seguridad que desprendía su voz. Le indicó a la anciana que entrara dentro de la cápsula y que se sentara. La mujer disponía de exactamente 20 minutos para disfrutar de ese momento en el pasado, en el cual no podría interferir; era, únicamente, una mera espectadora.

—Bien, está todo listo —repitió el doctor—. ¿Está usted preparada?
—Lo estoy —respondió ella, cerrando los ojos y agarrando la asa su pequeño bolso situado en su regazo.
—De acuerdo, entonces. Allá vamos. Uno, dos...

La anciana no terminó de oír como el doctor contaba hacia atrás. Empezó a notar un cosquilleo en las puntas de los dedos, que terminaron extendiéndose por todo su cuerpo. El estómago le dio un vuelco y la cabeza empezó a darle vueltas. De pronto, cesó. Quiso abrir los ojos, pero no se atrevía. Mantuvo los  pies firmes, sin cabilar siquiera a un leve mareo. A lo lejos, oyó el piar de un pájaro. Una brisa fresca le golpeó la cara y le revolvió su larga y canosa melena. Sonrió, aún con los ojos cerrados. Respiró hondo. Disponía de muy poco tiempo, y sabía que tenía que abrir los ojos, pero no creía sentirse capaz. Hacía tan poco que lo había perdido...

Contó hasta tres, como había hecho minutos antes el doctor. Sin embargo, ella sí llego a oírse acabar.
El color de la noche inundó su vista. Pestañeó varias veces, hasta acostumbrarse a la poca luz de neón que ofrecían los carteles de la ciudad. Empezó a notar el frío. Giró sobre sí misma y miró a su alrededor.
Descubrió con ilusión el ambiente que tanto le gustaba. Dio un pequeño paso, avanzando, cuidadosamente. La gente iba allí y allá, ocupados en sus propios pensamientos. Su sonrisa volvió a esbozársele en la cara. Sin embargo, de pronto reparó en ello.

«Espera»—se dijo a sí misma—. «No recuerdo haberle visto por primera vez aquí»

Comenzó a buscarle, nerviosa, intranquila. Los demás no podían verla, pero ella seguía notando el frío en sus oxidados huesos. Caminaba con prisa, pero a pasos pequeños. Se agarró los cuellos de la chaqueta con una mano, mientras intentaba reconocer algo familiar, algo que le recordase a él.

—¡Mamá, mamá! ¿Puedo pedir esto a Los Reyes?

La anciana se paró en seco, intentando asimilar lo que acababa de escuchar. Giró sobre sus talones, despacio, sin creer lo que acababa de oír. Vio a una niña más bien pequeña señalando hacia uno de los puestos. Su madre sonrió.
—Pues claro; pero hay que ver si te lo traen o no.

La anciana no daba crédito. Ver de nuevo a su madre, a mamá, le conmocionó. Una lágrima nació de su ojo bueno y le empañó las pequeñas gafas. Se vio a sí misma de niña, con su pokeball en la mano y su tan odiado abrigo. Algo le llenó por dentro, tal vez poder haber visto a su familia de nuevo, tal vez porque recordó quién era ella. Amplió su sonrisa.

Y le vio.

Con un chaquetón parecido a su tan odiado abrigo. Un par de centímetros más alto que ella, como siempre fue. Tenía en su mano un pequeño soldadito de plomo, al que miraba con desdén. Quizás fue por eso por lo que se fijó en ella. Miró primero a su juguete, y después a ella. La niña le mantuvo la mirada mientras pasaba. Ambos volvieron los ojos hacia delante, pero ella no podía olvidar a alguien que llevase el mismo abrigo odioso y él no era capaz de quitarse de la cabeza el juguete que tanto quería.

Ella asomó la cabeza por delante del cuerpo de su madre.
Él volvió la suya para mirarla por última vez.

—Por suerte no fue la última—susurró la anciana.

El cosquilleo comenzó y todo se tornó a negro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario